Estamos asistiendo al vergonzoso espectáculo de una clase política con unos niveles de corrupción importantes. Quedarse con el dinero público se está convirtiendo en un juego al que, por lo visto, es difícil sustraerse por una parte nada desdeñable de los servidores públicos.
La respuesta de la clase política es vergonzante y dificilmente entendible. Cuando el presunto corrupto es de signo contrario se exige el mayor rigor y exigencia de responsabilidad inmediata y eficaz. Y ello tanto en el ámbito penal como político. Por el contrario, cuando se trata de uno del mismo signo, se produce una reacción de protección corporativa. La presunción de inocencia, intereses ocultos o ajenos, de otros partidos, etc, son argumentos utilizados. Igualmente, en muchos casos, se aprecia que la corrupción no se inicia y acaba en la actuación de un sólo político, sino que afecta a una parte importante de la estructura del partido político en cuestión. En tales casos, el juego de equilibrios internos del partido político resulta un lastre insuperable a la hora de exigir responsabilidades internas.
Sin embargo, resulta más difícil de entender la actitud de los ciudadanos, aquí tenemos:
El ciudadano político que esta afiliado a un partido. Suele propender a justificar y defender estas situaciones, confundiendo la persona y su actuación personal, con el partido. No sería serio decir que esto es predicable de todo afiliado a un partido, pues existe un afiliado indignado con estas actuaciones, más exigente que el ciudadano normal, pero minoritario. La mayoría busca razones para justificar o quitar importancia a algo que se esta convirtiendo en un cancer del actual sistema, el mejor sistema político, pero no perfecto. La lucha partidista parece justificar el cerrar filas frente al enemigo, visible en el resto de formaciones políticas, sobre todo aquellas que entran en liza por acceder al Gobierno.
Ciudadano no afiliado. Aquí es donde se produce el grave contrasentido. Una gran parte de la ciudadanía admite el político incurso en corrupción como algo normal, incluso puede que le dé mayor caché. El sistema de valores de nuestra sociedad esta cayendo a extremos insospechados. Aquellos que juegan con el dinero público, que se lucran, que se ven inmersos en operaciones dudosas e, incluso, escandalosas son ratificados y confirmados, en muchos casos, por los ciudadanos en sus puestos y responsabilidades políticas. Estamos hablando, quizás, de un ciudadano agradecido que admite que si un político realiza una buena labor en infraestructuras, en servicios para la comunidad etc., se le puede perdonar que se quede con un pellizco. ¡Es algo normal, todo el mundo lo hace!.
Esta especie de ciudadano agradecido que acepta el mal menor de admitir que el gestor público que gasta y reparte los dineros públicos (aunque lo haga bien), se quede con un pellizco del pastel indica el nivel real de nuestra democracia material. No hemos entendido que en una democracia quien ostenta la soberanía es el ciudadano y que debemos ser los primeros en exigir el total respeto a los intereses generales. La democracia nos convierte en políticos de a pie, conocedores de la realidad material y exigentes con la política que nos rodea, de sus programas, actuaciones, y ejercer de esta manera de ciudadano real. Debemos exigir que los políticos que nombramos y elegimos sean honrados en la forma y fondo, ejemplos públicos para la ciudadanía.
No hay justificación posible para la corrupción, no resulta admisible que ningún político se quede ni con trozo, ni con migajas de un pastel que es de todos. No resulta justificable el ciudadano agradecido que justifica lo injusticable. A la postre no deja de ser un servilismo y una actitud de subordinación impropia de una democracia. El que da su voto a un político corrupto no merece la condición de ciudadano, puede ser ciudadano de cualquier otro régimen, nunca de una democracia.
No hemos llegado, nos falta el verdadero ciudadano político. Y sin esto, difícilmente podemos hablar de democracia real.
La respuesta de la clase política es vergonzante y dificilmente entendible. Cuando el presunto corrupto es de signo contrario se exige el mayor rigor y exigencia de responsabilidad inmediata y eficaz. Y ello tanto en el ámbito penal como político. Por el contrario, cuando se trata de uno del mismo signo, se produce una reacción de protección corporativa. La presunción de inocencia, intereses ocultos o ajenos, de otros partidos, etc, son argumentos utilizados. Igualmente, en muchos casos, se aprecia que la corrupción no se inicia y acaba en la actuación de un sólo político, sino que afecta a una parte importante de la estructura del partido político en cuestión. En tales casos, el juego de equilibrios internos del partido político resulta un lastre insuperable a la hora de exigir responsabilidades internas.
Sin embargo, resulta más difícil de entender la actitud de los ciudadanos, aquí tenemos:
El ciudadano político que esta afiliado a un partido. Suele propender a justificar y defender estas situaciones, confundiendo la persona y su actuación personal, con el partido. No sería serio decir que esto es predicable de todo afiliado a un partido, pues existe un afiliado indignado con estas actuaciones, más exigente que el ciudadano normal, pero minoritario. La mayoría busca razones para justificar o quitar importancia a algo que se esta convirtiendo en un cancer del actual sistema, el mejor sistema político, pero no perfecto. La lucha partidista parece justificar el cerrar filas frente al enemigo, visible en el resto de formaciones políticas, sobre todo aquellas que entran en liza por acceder al Gobierno.
Ciudadano no afiliado. Aquí es donde se produce el grave contrasentido. Una gran parte de la ciudadanía admite el político incurso en corrupción como algo normal, incluso puede que le dé mayor caché. El sistema de valores de nuestra sociedad esta cayendo a extremos insospechados. Aquellos que juegan con el dinero público, que se lucran, que se ven inmersos en operaciones dudosas e, incluso, escandalosas son ratificados y confirmados, en muchos casos, por los ciudadanos en sus puestos y responsabilidades políticas. Estamos hablando, quizás, de un ciudadano agradecido que admite que si un político realiza una buena labor en infraestructuras, en servicios para la comunidad etc., se le puede perdonar que se quede con un pellizco. ¡Es algo normal, todo el mundo lo hace!.
Esta especie de ciudadano agradecido que acepta el mal menor de admitir que el gestor público que gasta y reparte los dineros públicos (aunque lo haga bien), se quede con un pellizco del pastel indica el nivel real de nuestra democracia material. No hemos entendido que en una democracia quien ostenta la soberanía es el ciudadano y que debemos ser los primeros en exigir el total respeto a los intereses generales. La democracia nos convierte en políticos de a pie, conocedores de la realidad material y exigentes con la política que nos rodea, de sus programas, actuaciones, y ejercer de esta manera de ciudadano real. Debemos exigir que los políticos que nombramos y elegimos sean honrados en la forma y fondo, ejemplos públicos para la ciudadanía.
No hay justificación posible para la corrupción, no resulta admisible que ningún político se quede ni con trozo, ni con migajas de un pastel que es de todos. No resulta justificable el ciudadano agradecido que justifica lo injusticable. A la postre no deja de ser un servilismo y una actitud de subordinación impropia de una democracia. El que da su voto a un político corrupto no merece la condición de ciudadano, puede ser ciudadano de cualquier otro régimen, nunca de una democracia.
No hemos llegado, nos falta el verdadero ciudadano político. Y sin esto, difícilmente podemos hablar de democracia real.
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